
En el barrio Manga no eran muchos los extranjeros en los setentas. Así que tener de vecino -casa de enfrente- a una familia española, fue un lujo. La crianza en roce permanente con una cultura del otro lado del charco. Influyó mucho en mí la mirada de la persona exiliada que dejó bellos recuerdos muy lejos. El señor de esa casa me enseñó a jugar ajedrez y a escuchar a Serrat. Creo que eso es suficiente para conservar por él un profundo recuerdo de gratitud. Murió muy joven. Era pintor y se llamaba como todos los españoles: Juan.
