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10 jul 2008

La luz de Virginia



La señora Ramsay y Lilie Briscoe no estuvieron allí. Pero lo imaginaron todo. Incluso Lilie lo pintó. En cambio, el que se divisaba desde el Fuerte del pastelillo en el barrio era distinto. Apenas tenía las proporciones modestas de un faro de bahía. Al principio no le prestaba la más mínima atención y prefería escuchar entre los parapetos y los oxidados cañones al rey del juego, a Ricardo del Rio, el tipo que más cuentos y mejores contaba. Tenía la entonación exacta para la exageración y cuando los amigos no le poníamos atención nos amenazaba al estilo Cassius Clay. Era la fuerza de la imagen que sostiene el argumento y la posibilidad de exigir sin pasar a ser un bestia ordinario de los que pululan en las bandas callejeras. “Nuestros huesos no están en su sitio sino en los Faros”. Me dijo una vez. Así supe que existía y que podía ir en bicicleta hasta allá. Ricardo sigue contando cuentos ahora de paramilitares y de guerrilla. No de vacaciones que nunca ha conocido. Siempre fui sólo y nunca tropecé con nadie allí. Subía en silencio por la estrecha escalera de caracol que llegaba hasta esa especie de balcón circular que todos tienen para dejar que el encargado mantenga esa luz que orienta las naves. Desde allí podía mirar salir y entrar al puerto. Ricardo se enteró que iba allá y como él no podía entrar me pedía que le contara. Hoy a los faros poca atención les prestan –ya hay hasta GPS, dijo la última vez que nos vimos antes de rematar condenándolos a simples monumentos despreciados por la tecnología.

No teníamos que ir todos, no había la promesa de ir. No prometía nada. Ni siquiera interés, pensaba Ricardo, así que le aburría el faro. Aún así, para la familia de quienes nos juntábamos en la esquina antes de ir al fuerte del pastelillo y mirar la bahía, ese sitio también es una versión de To the lighthouse
.
Foto: Vista aérea del Fuerte del Pastelillo

16 nov 2007

Atónito suspenso

La pluma inunda el ave.
La rosa se concentra
y pétalo por pétalo
refugia su perfume
en sus espinas.

El árbol , regresando por la savia
busca el lodo y el hueso
y acurruca su verde en la semilla.

El hombre se repliega en sus facciones,
toca su llaga viva, e introduce su imagen en su sangre.
Todo colmillo monda en su blancura,
toda forma dibuja su contorno,
todo espesor defiende su volumen.
Es el santo y la seña,
es el repliegue,
la norma concentrada,
el ruido que se oye y se vigila.
El ojo abierto,
la pezuña en vilo,
el camino sin nadie,
la palabra seca,
el mar que roza a Dios,
traga su espuma
y detiene sus olas
esperando.

Hector Rojas Herazo.
Poeta que tiene una de las grandes novelas de la costa colombiana, injustamente eclipsado por Garcia Marquez.

11 may 2007

Eterno

Ya lo dijeron en este soberbio poema:

Mar eterno

Digamos que no tiene comienzo el mar
Empieza donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes
.

José Emilio Pacheco.

26 abr 2007

El horizonte

La compañía diaria del sol caliente desde el amanecer. Entendí primero que una habitación sólo se justifica para dormir, para no enloquecer por el sonido monótono del abanico de techo. Oleadas de escasa algarabía de la calle que aguzaba la curiosidad por lo que era la vida . Sofoco del cuarto que empuja a salir. La salvación fueron los juegos frente a la casa, todo de tierra por donde pasaba un carro cada 15 minutos; y entonces parábamos, nos mirábamos las caras sudorosas, cambiábamos el ritmo del trompo, organizábamos las bolitas de uñita o esculcábamos el balón para saber que tanto se había dañado. Y seguíamos.

Dos calles mas allá del sitio de juego, en dirección recta sin tropezar con nada, la mirada se zambullía en el mar: la bahía. Esas aguas aprisionadas que han perdido sus fuerzas, sometidas al paso tranquilo de los botes inmutables. Mar quieto adornado por gaviotas y mariamulatas perezosas sobrevolándolo. De vez en cuando un pescador desprogramado. La infancia frente a la inmensidad adormecida.