
Llueve y hace frío en Bogotá. La semana se cocina en olor a teatro, que con el clima se hace más intimo: el festival Iberoamericano. Hoy viernes no salió el sol. La luz tiene el color de la tristeza, el silencio de los que caminan solos buscando un sitio para almorzar. Enfrentando a codazos un espacio sin televisión –imposible anhelo- pues la cajita ha invadido hasta los restaurantes de oficinistas, donde se la mira de reojo y sin atención, al menos que halla un muerto ilustre. Bandido o no.
Mientras tanto, me siento a disfrutar mi última visión, esa que tuve ayer ante La casa de las muñecas de Ibsen. Soberbia. No pensé que un símbolo aparentemente obvio como el de unos enanos dando órdenes y sometiendo a su mujer se pudiese manejar con tal grado de sofisticación. Fue una gran obra de teatro de la compañía estadounidense Mabou Mines en la que los símbolos no son panfletarios, sino sutilezas del arte. Hace más de 100 años que este noruego hizo el boceto que desnudó el machismo. Nunca me había sentido tan bella y ridículamente mostrado.