3 jun 2008

Salón de belleza


Fue una sentada para escuchar una confesión que duró sólo un instante. Poco más de dos horas y menos de tres. A la manera nuestra, sin los ritos de la tradición, sin la carga del pasado pero con el peso del presente. Mario Bellatin y su obra Salón de belleza, persigue la narración oculta de la realidad. Siempre quise saber algo que tuviese la densidad de esos salones. Algo distinto. En ocasiones en caminatas desprevenidas por cualquier barrio empezaba a contar los salones de belleza que abundan en la ciudad de los marginados. Allí -en el salón o en el barrio, da igual, entre secadores, peines, espejos y shampoo, el peluquero mira los peces del acuario de su vida que se inunda de esa enfermedad que viven estas tierras -hoy puede ser el sida, ayer otra y mañana…- . En esa confesión corta y directa, a mitad de camino entre el cuento y la novela, se alcanza a escuchar: “Yo solo muriéndome en medio del decorado” , con la simplicidad del peluquero; en aparente distancia con las citas de los autores que hoy hacen metarelatos, cuentos sobre cuentos, quizá como este post que no viviría sin ese instante solitario de lectura.

29 may 2008

El barrio



Me uno desde hoy a una de esas causas perdidas de antemano. La de preservar los distintos nombres del barrio Manga, los de sus calles. No es asunto de patetismo o nostalgia de quienes por allí pasamos, ni cosa parecida. Los nombres y lo que se nombra son una sola cosa: un lazo cultural que no pueden desconocer los urbanistas de hoy. Manga, conviene advertirlo, fue la primera gran urbanización de la ciudad. Aún así cada calle recibió un nombre, y por eso el barrio sabe al nombre de sus calles, como los platos cartageneros. La Calle Real y la Avenida Jiménez, el Callejón Porto o el de los Besos. Lo que se está haciendo con la nomenclatura de ahora es borrar la historia de varias generaciones. No se trata de detener el tiempo como creen algunos, sino de optar porque el cambio lo haga la gente, no la burocracia. Manga carga con el misterio de los barrios que fueron laboratorio de convivencia con todas las clases sociales, abierto. Y eso nadie lo resalta. Cien años después de fundado el barrio -1905- (¿alguien lo celebró?) el peor atentado es ningunearlo.
Foto de Avenida Miramar. Anónimo. 1920. Tomada de la Biblioteca Luis Angel Arango.

12 may 2008

El tuerto



Las viejas ciudades huelen a viejo, quizá porque tienen espacios por los que no pasa el tiempo . Ese estancamiento de todo, sin explicación a mi alcance, me impedía entender lo que decían mis profesores de primaria. Miraba lejos y las palabras carecían de sentido. La melancolía. Al terminar las clases medía las calles que parecen renunciar a la vida y sólo respiran historia. De ellas quedan epitafios que anuncian lo que fueron, no lo que son. Después huí del silencio por el peso abrumador que rodeaba a lo que hacía sin explicación. No escuchaba nada, ni la música que sentía. Los momentos mas intrigantes y aburridos simultáneamente eran los que transcurrían esculcando un cajón de la mesa de noche de mis padres imaginado los usos de cada cosa, inventándome preguntas por cada objeto con el que me tropezaba. En muchos casos sin respuesta. Aburrimiento.
En Cartagena cuando una calle quiere decir algo habla el Tuerto López:



De sobremesa

Se vive, amada mía,
según y como…Yo
por la mañana tengo hipocondría
y por la noche bailo un rigodón

¿Y qué? Pura ironía. En el amor
y en otras cosas de mayor cuantía
todo depende de la digestión.

Que no fume, que olvide la lectura,
que no maldiga en ratos de amargura
y mil consejos mas de este jaez,

como si se pudiera vivir a la manera
de las calles tiradas a cordel.


Foto: Luis Carlos López, poeta cartagenero 1879-1950

18 abr 2008

Aimé César

Lo dicho, una cosa lleva a la otra. Ayer mientras ponía el post moría Aimé Césaire, un grande del caribe y de la poesía universal. Ojalá en los medios dejaran de hablar los orangutanes políticos y se escuchara algo de un poeta.

Un par de conocedoras de su obra escribieron: "La lectura de la obra de Aimé Césaire es una invitación a descubrir una poesía antillana que deja de ser pastiche involuntario o copia servil y una forma de hacer política que se atreve a innovar y a afirmar la necesidad del desarrollo propio para entrar en condiciones de igualdad al diálogo universal. “Negro yo soy, negro me quedaré”, decía Aimé Césaire para añadir: “arrégleselas conmigo. Yo no me las arreglo con usted”. (http://unperiodico.unal.edu.co/ediciones/111/23.html)

17 abr 2008

Si...





Creer es un acto de humildad frente a la inmensidad. A esta conclusión llegué después de oír a la inmensa también, Jessye Norman, (declarada una de las 100 personalidades de EE.UU, por la revista The Atlantic ), interpretar Panis angelicus. Y pensar que Picaso se atrevió a decir que Dios era el otro artesano. (¡!)


(Estoy tratando de aprender a pegar el vinculo con el archivo que tengo...apenas pueda lo pego).


2 abr 2008

La poesia es antes de todo

A propósito de un premio merecido por estos días. El Planeta a Jorge Edward. Gran admirador de Enrique Lihn de quien disfruto:


Porque Escribí


Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.


Escribí: fui la víctima
de la mendicidad y el orgullo mezclados
y ajusticié también a unos pocos lectores;
tendía la mano en puertas que nunca, nunca he visto;
una muchacha cayó, en otro mundo, a mis pies.

Pero escribí: tuve esta rara certeza,
la ilusión de tener el mundo entre las manos
-¡qué ilusión más perfecta! como un cristo barroco
con toda su crueldad innecesaria-.

Escribí, mi escritura fue como la maleza
de flores ácimas pero flores en fin,
el pan de cada día de las tierras eriazas:
una caparazón de espinas y raíces.

De la vida tomé todas estas palabras
como un niño oropel, guijarros junto al río:
las cosas de una magia, perfectamente inútiles
pero que siempre vuelven a renovar su encanto.

La especie de locura con que vuela un anciano
detrás de las palomas imitándolas
me fue dada en lugar de servir para algo.
Me condené escribiendo a que todos dudaran
de mi existencia real
(días de mi escritura, solar del extranjero).
Todos los que sirvieron y los que fueron servidos
digo que pasarán porque escribí
y hacerlo significa trabajar con la muerte
codo a codo, robarle unos cuantos secretos.

En su origen el río es una veta de agua
-allí, por un momento, siquiera, en esa altura-
luego, al final, un mar que nadie ve
de los que están braceándose la vida.
Porque escribí fui un odio vergonzante,
pero el mar forma parte de mi escritura misma:
línea de la rompiente en que un verso se espuma
yo puedo reiterar la poesía.

Estuve enfermo, sin lugar a dudas
y no sólo de insomnio,
también de ideas fijas que me hicieron leer
con obscena atención a unos cuantos psicólogos,
pero escribí y el crimen fue menor,
lo pagué verso a verso hasta escribirlo,

porque de la palabra que se ajusta al abismo
surge un poco de oscura inteligencia
y a esa luz muchos monstruos no son ajusticiados.

Porque escribí no estuve en casa del verdugo
ni me dejé llevar por el amor a Dios
ni acepté que los hombres fueran dioses
ni me hice desear como escribiente
ni la pobreza me pareció atroz
ni el poder una cosa deseable
ni me lavé ni me ensucié las manos
ni fueron vírgenes mis mejores amigas
ni tuve como amigo a un fariseo
ni a pesar de la cólera
quise desbaratar a mi enemigo.
Pero escribí y me muero por mi cuenta,
porque escribí porque escribí estoy vivo.


http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/cultura/nota.asp?nota_id=1000621

27 mar 2008

El cine o las películas como les deciamos...

Un correo hace poco me hizo recordar lo que son los países y los idiomas para nosotros los que tenemos más de dos siglos de tener raíces en el continente americano. Por eso quiero contar lo que sentía ante el cine italiano que se vió por Bogotá cuando finalizaban los años setenta. No porque no hubiera llegado antes sino porque fue en esos años cuando lo conocí. Comenzaba mi vida universitaria y entonces en los cine clubes ya se rodaban las clásicas de Fellini, Vitorio de Sica, Luchino Visconti, Ettore Sccola, Bertolucci; en realidad asistía a los ciclos de cine clubes que iniciaban con el neorrealismo italiano y en ellos se mostraban películas que eran, unas mas que otras: clásicos. Fueron todas muy bellas. Algunas no las entendía y creo no haberlas entendido nunca, como 8 1/2, por ejemplo. Pero el cuento no era entenderlas sino gozársela. Y el goce estaba desde la sonoridad del idioma , de la figura, de todo el encanto que tiene Italia para la sensualidad. Por eso es importante detenerse en esa huella que dejó en estas tierras ese cine mas cercano ideológicamente, mas caluroso emocionalmente, que permitió también entender por qué no sólo existían los gringos.